Recuerdos

Publicado en por c.a.a.

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Recuerdos

Hace años, en uno de los cumpleaños de Almudena, le hicieron un regalo que jamás olvidaría.

 

Corría el año 1983, y para una niña que iba a cumplir 8 años, no había más preocupaciones que si la cola de caballo se llevaría mañana en el cole o escuchar lo ultimo del nuevo grupo “Mecano”

A mediados de Septiembre, por la mañana el frio ya se sentía, las lluvias asomaban y el aire húmedo de la costa mediterránea, cubría los amaneceres con una pequeña niebla.

En casa de los Angulo, esa tarde, todo era jolgorio, alegría y risas. La pequeña de la casa, hoy celebraba su octavo cumpleaños.

Los Angulo eran una familia de clase media-baja, su padre José, era un trabajador incansable, cuando llegaba a casa seguía estudiando para poder ser algo mas, para poder dar algo más a su familia. La madre, Carmen, era una antigua escultora, que después de tener familia, había decidido dejar de lado una de las cosas que más le apasionaban, por dos que le apasionaban más todavía, sus hijos. Estos eran Juanjo y Almudena. Juanjo era reservado e introvertido dentro del núcleo familiar, fuera era todo un don de gentes, lo malo es que siempre tenía que estar vigilando a su hermana pequeña. Almudena era la típica niña que siempre tiene una sonrisa en la cara, salvo cuando Juanjo la sacaba de sus casillas, entonces literalmente, sacaba las garras.

A la familia se le unía la tía Clara, que era la hermana soltera de Carmen, siempre colmaba de regalos a los pequeños.

Esa tarde Carmen le había preparado una de esas deliciosas tartas de chocolate con suizos, que tanto le gustaban a Almudena, el comedor estaba lleno de niños, los vecinos de escalera, los primos de Almudena, José y Llanos la pequeña de la familia.

Todos los regalos fueron geniales, pero el que más le llamo la atención a Almudena, fue el de su tía Clara.

Era una gran muñeca, que imitaba a un bebe de un año de edad. Su cara era como la de un ángel, tan dulce, el pelo color miel, y vestido con un conjunto blanco con pequeños detalles en rosa.

Era la muñeca que siempre había soñado, y encima lloraba y hablaba... Almudena sabia que ese cumpleaños no lo olvidaría jamás, Era la muñeca perfecta… o tal vez no?

 

A Diez Centímetros

Habían pasado varias semanas y Almudena, no paraba de jugar con su nueva muñeca, la mecía en la cuna, la sacaba al parque, la vestía con ropa de cuando ella era bebe.

Una tarde estando en su cuarto jugando con las barriguitas, noto algo raro, como si la observaran, una sensación extraña recorrió se cuerpo, le pareció ver que algo se había movido. Giro lentamente la cabeza hacia la ventana, allí no había nada detrás de la cama solo estaba una pequeña mecedora de madera verde, y encima, su querida muñeca.

Dos días más tarde a la hora de la siesta Almudena estaba en ese duerme vela, que no estás ni despierto ni dormido, cuando sintió un crujido, un chasquido muy cercano. Abrió los ojos de inmediato, su pulso era rápido y respiraba con dificultad.

La habitación estaba en penumbra, pero no podía averiguar que había sido, miro hacia la ventana donde entraba en pequeño rayo de luz y a su lado en la mecedora, solo estaba, su querida muñeca.

Pasaron días, tardes, noches, las largas y frías noches del inverno levantino.

Almudena se despertaba en medio de sudores fríos y respirando aceleradamente, sino todas los noches, muchas de ellas. Los pequeños y diminutos ruidos no habían cesado, no, iban a más. Ese leve crujido de la madera de la mecedora al moverse, de la cual solo la separaban unos escasos diez centímetros, el ruido de la noche, el silencio que no llegaba, sobre todo cuando se dio cuenta que oía algo extraño a su lado, algo muy poco natural.

A su lado, a esos escasos diez centímetros, Almudena pudo notar, pudo oír como alguien respiraba.

Se quedo sin aliento, y su pequeña cabecita, empezó a trabajar. Su hermano no podía ser, estaba acatarrado y no respiraba así, … tal vez su madre pero, ¿como podía oírla si el pasillo tenia forma de herradura y ella estaba a una punta y su madre en la otra?

Pero ella la oía a su lado, a escasos diez centímetros, a su derecha, donde solo estaba la mecedora verde y encima, su querida muñeca.

 

Sintiendo

Almudena paulatinamente, dejo de jugar con la muñeca, que tanto le había gustado. La muñeca que una  vez le pareció dulce y angelical ahora le daba miedo y desconfianza.

Le dejaba siempre encima de la mecedora verde, arrinconada en la penumbra de su cuarto. A veces incluso le echaba la cortina por encima.

Una noche, estando durmiendo, noto un leve roce en la mano y la fuerte sensación de que alguien la estaba observando.

Se despertó de inmediato sobresaltada. Miro rápidamente hacia la mecedora verde, y cuál fue su sorpresa cuando descubrió  que ahí no había nada. Estaba vacía. La muñeca no estaba. Siguió mirando alrededor con la poca luz que entraba de la calle y allí la consiguió ver, allí tirada en el suelo a los pies de la cama, estaba.

¿Cómo había ido a parar hasta ahí? Se pregunto la pequeña, ella no la había cogido, de eso estaba segura. Se levanto y la cogió con delicadeza, y con sumo cuidado la volvió a depositar en la mecedora.

Cuando se volvió a meter en la cama, escucho el sonido de esa leve respiración. Ahora ya estaba segura de quien lo producía, se quedo mirándola y lo que vio por un instante, en  sus inexpresivos ojos, le confirmaban que si, de que ahí, en la muñeca había algo.

Almudena rápidamente se cubrió con la sabana la cabeza, como si fuera un escudo de acero y deseo que el día llegara y todos despertaran ya.

Tenía muchas preguntas, sobre todo como una niña de ocho años le iba a contar a sus padres que su muñeca estaba “viva”.

Por la mañana intentaba abordar el tema, no era el momento, a la hora de comer, no hay tiempo y a la hora de cenar,- Almudena, cariño, papa está cansado ves a jugar –

Nunca era el momento, nunca Almudena tenía la suficiente confianza en sus padres para hablar del tema y todas las noches ella tenía que ir a esa habitación, al cuarto.

Miedo, terror, no había noche que durmiera de un tirón, al final caía victima del cansancio.

 

Lección

Una noche estando todos reunidos acabando de ver la televisión, Almudena no quería levantarse del sofá. Carmen le insistió que ya era tarde y que era hora de irse a la cama, pero Almudena decía que no, que no quería , mientras unas pequeñas lagrimas resbalaba por la cara pecosa de la niña. Carmen al ver a su hija tan alterada, llamo su marido el cual, le pregunto a la niña si había algún problema, si había roto algo, no, no respondió Almudena, es ella es la muñeca, es que mueve la mecedora y respira, respira y me vigila.

Sus  padres se miraron entre sí, José cogió a Almudena de la mano y la instigo que la fuera al cuarto, se puso delante del muñeca y le dijo – ves no es de verdad, de de plástico, es una muñeca, tiene pilas -.

Almudena protesto un poco, pero su padre la acompaño, arropo, después apago la luz. Después hubo silencio.

No siempre hubo silencio, pero  Almudena aprendió que jamás volvería a decir a los mayores nada, ellos no creían en lo que no veían, ellos no sentían si no les gritaban, ellos no tenían miedo.

 

No Me Fijé

Pasaron varios meses y una tarde de Sábado,  Almudena no pudo ir a la feria, porque tenía que ir a  los scouts, lo que había lamentado muchísimo, ya que Peny su mejor amiga sí que había podido ir. Ese sábado Peny y su madre se iban a quedar a cenar en casa y Almudena estaba feliz de tenerlas como invitadas.

Al entrar en el comedor, Peny le enseño un gran muñeco “chochon” que le habían comprado en la feria, tenía el pelo rosa, con la cara mofletuda y llena de pecas, Almudena se queda boquiabierta, le habría encantado ir a la feria para tener también ese muñeco.

Su padre le dijo que llevara los abrigos de las invitadas a su dormitorio, cosa que Almudena no quería hacer, y se negó repetidas veces, ella no quería entrar en el cuarto. Pero su padre medio se enfado y tuvo que ir a dejar los abrigos. Cogió y los dejo rápidamente en la cama sin encender la luz, ni mirar, ella no quería estar allí, así que salió corriendo al comedor.

Cuando llego a la puerta todos se le quedaron mirando, Juanjo le pregunto si lo había visto, ¿el qué? pregunto la niña. Juanjo cogió a su hermana de la mano y la acompaño hasta su habitación le encendió la luz, y le dijo – Mira!- Almudena solo podía ver los abrigos que había dejado encima de la cama … no, también  … si estaba otro muñeco “chochon” y era para ella. Su pelo era de color azul, con pecas como el de Peny, y un cono de helado colgado en el cuello, lo cogió y salió corriendo al comedor, para dar las gracias a todos, no podía creérselo, tenia tanto miedo que no se había fijado.

Soñó todo la noche con su nuevo muñeco era dulce y blando, lo tenía abrazado, se sentía segura. Pero algo le trajo a la realidad. Esa leve respiración, se había olvidado de ella, en la mecedora verde, allí estaba observándola, su querida muñeca.

 

 

No soy yo

Dos años habían pasado desde que le habían regalado aquella encantadora muñeca. Almudena se había acostumbrado a dormir poco y provechar poder ir a casa de tía Clara, a pasar el fin de semana.

Una vez intento tirar la muñeca. La cogió con cuidado como si fuera a jugar con ella, con la delicadeza, que una madre coge a su hijo. La cogió en brazos, y fue por el pasillo hasta la puerta de la calle. Pero al llegar allí, no pudo. Había algo que se lo impedía. Estaba frente a la puerta pero no pudo atravesarla. Se sentía tan impotente. Cogió y la dejo tirada de rabia en el sofá.

¿Por qué  no podía tirarla? Era una muñeca, solo era una muñeca, ¿Como podía ejercer tanto poder sobre ella?

Esa tarde Carmen le dijo Almudena que arreglara su cuarto, y también le dijo que se había encontrado la muñeca en el comedor, que no la volviera a dejar allí, no lo había hecho nunca. Ya que le había asustado, por un momento le había perecido que la observaba. Almudena al escuchar esto se quedo blanca. Era la primera prueba de que alguien más lo había notado, un momento, pero lo había notado. Cogió a la muñeca y la dejo en la cama.

Su madre le insistió otra vez para que arreglara el cuarto.

El pasillo estaba en penumbra. Estaba anocheciendo ya, y Almudena noto que en su cuarto se oía música. No recordaba haberse dejado la radio encendida. La Luz estaba encendida y la puerta estaba entreabierta. Cuando llego la abrió lentamente.

Mientras abría la expresión de su cara fue cambiando, no podía emitir ningún sonido, el pavor, la incomprensión, el no entender lo que estaba viendo, no le dejaban reacciar, solo puedo avanzar hacia adentro.

El suelo estaba invadido por todas sus pequeñas muñecas, con las que tanto había jugado, hace tiempo, las barriguitas, sentadas, como si alguien si dispusiera a jugar con ellas de inmediato. A su lado también estaba la Nancy cazadora, y la emisora de la música, que oía la Nancy cumpleaños, que movía la cintura de un lado a otro. En la cama estaban, una pequeña muñeca de trapo, vestida de comunión y  el muñeco “chochon” y al fondo mirándolo todo, meciéndose, estaba ella, como si dirigiera un concierto de música.

Almudena salió corriendo, al comedor, como explicar, no podía, no era real, sabía que no era real, no podía ser real.

Después de un rato le dijo a Juanjo, que le acompañara para bajar una caja del armario, una excusa pésima, pero no quería entrar sola.

Juanjo fue delante todo el camino, al llegar al cuarto, todo estaba en silencio, las muñecas en el suelo tiradas, todo quieto, todo normal. Así que Almudena empezó a guardar todas las muñecas en el armario rápidamente sin mirar las metía sin ton ni son.

Después cogió su muñeca de la mecedora la miro a la cara y la subió al armario. Si no lo podía tirar, al menos se la quitaría de la vista. Cogió la caja que le había bajado su hermano y la puso encima de la muñeca.

Ahora la mecedora estaba vacía, ahora no había nada.

Esta noche no durmió, porque miraba todo el rato al armario. Pero no paso nada, no escucho nada, ni esa noche, ni las siguientes.

 

Limpieza

Había pasado el tiempo,  y un día haciendo limpieza en el cuarto, Almudena empezó a vaciar el armario, y mira que tirando cajas y carpetas, apareció su querida muñeca. Su cabello ya no era de color miel, era grisáceo. La cara ahora tenía mandas amarillas, el tiempo y el olvido la habían atacado.

Almudena la bajo del armario y la mira frente a ella. Le había tenido tanto miedo, y ahora  después de tanto tiempo aun le producía respeto. Cogió una bolsa de basara y la metió dentro. Sin pensárselo, fue hasta la puerta de la calle, aun que el temor de no poder pasar, pero si paso. No espero al ascensor. Bajo por las escaleras, corriendo. A la altura del primer piso, la cabeza de la muñeca se separo, dando golpes hasta que llego al zaguán. Cuando Almudena llego, la sus ojos estaban allí mirándola, como suplicándole. Cogió la cabeza y la metió en la bolsa. Y fue derecha al Contenedor.

Algún día con tiempo ya se lo diría a sus padres, con tiempo, le daba igual si la creían o no.

¿Por qué quien iba a creer que la muñeca con la su hija juga y duerme, puede un día ser su peor pesadilla?

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